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Los barrios pobres de Santiago han sido los más afectados a causa del desagüe de la presa de Tavera que inundó numerosas zonas.

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Según el Periódico El Nacional

Las Tormentas se ensañan contra la pobreza

POR RAFAEL P. RODRIGUEZ:
SANTIAGO.-No deja de asombrar y conmover la puntería con que las tempestades y otras armas terribles de la naturaleza atacan la pobreza por donde más le duele.


Las magras posesiones de los pobres son mapas irreales de una sonrisa inocente en medio del castigo.


La vulnerabilidad de la miseria es una flor revestida de folclor que se va a los exteriores ene bellas estampas del territorio antes de pasar los huracanes.
(Ya querrían algunos egos tener la popularidad efímera y todo de estos fenómenos: los bautizan, tienen una temporada de apareamiento con el agua y con el aire, les otorgan fama y son recordados por la historia).


Pero la precisión con que los vendavales cruzan el meridiano de la indefensión, tan mal defendida, es tan excesiva como intolerable.


¿Es que la Naturaleza ya agotó sus mejores artificios y no tiene otras alternativas más creativas?


¿Es que los más desvalidos siempre aparecen como estorbo por donde pasa la carroza oscura de la incertidumbre?


El agua cruzando por el cuello, poblada de le potosirosis y de otras conmociones, secuela de la odiada marginalidad, desmienten el idílico paisaje que recorre el mundo en las agencias de turismo.


Las inundaciones, los deslaves, la barrida de tanta gente apaciblemente dormida siempre ocurren a orillas de sus bienhechores, los ríos, ahora elementos sospechados de traición, como a las enemas que les colocaban a los niños o a los ancianos en momentos de descuido.


Cuando estas corrientes, ya nostálgicas, se enamoran de sus olvidados cauces, entonces la gramática, siempre puntual en medio de la tragedia, comienza a llamarles riadas.


Lo bueno de nombrar los hechos consumados es que no se necesita un esfuerzo denodado y no tiene las consecuencias que deja la suerte de vivir entre las moscas y el lodo.


Después de las muertes, en muchos casos evitables, vienen no los mea culpa ni el asombro fingido sino los códigos del poder que terminan por culpar a la pobreza de sus peligrosas estrategias de sobrevivencia.


Vienen en cambio las hipótesis que no sirven para nada, las fórmulas políticas, las desviaciones, las denuncias de todos los calibres y las quejas que otra tragedia arropará con abundancia de textos innecesarios, los decretos, las culpabilidades  que se extenderán como ideología del poder, como realidad incontrovertible.


Y llegará, hasta aquellos, tarde tal vez, que se han visto precisados a mudarse a orillas de la muerte líquida, que viaja por el agua con nombre de tormenta.

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